
Un viejo abthal llevaba de su mano a un joven bramshai de apenas 10 años, por los polvorientos pasillos que servían de asiento a las opacas estanterías, que a su vez daban cobijo a incontables volúmenes del conocimiento Bramshai.
El viejo caminaba lentamente, encorvado por el tiempo, ayudado de su cayado, mientras que sus pies llenaban de un triste compás las estancias vacías de la Biblioteca de Derrich. A su lado, el joven correteaba y curioseaba por todos lados, corriendo entre los pasillos mientras que el viejo cruzaba los mismos con su lento caminar. El niño, correteando y contemplando las estanterías, encontró un volumen pequeño, de un vivo color, y la curiosidad le impulso a abrirlo.
En ese momento, un sonoro golpe retumbo en el pasillo central, y se propagó por el resto de la tranquila biblioteca, motivo por el cual el niño se quedo petrificado con la mirada fija en el pasillo central, con la absoluta certeza de que en breves instantes su ajado acompañante aparecería por allí.
No transcurrieron más que cuatro o cinco pasos, cuando la túnica del viejo apareció en el campo de visión del niño, inmovilizado aun delante del pequeño libro. El niño, medio recompuesto de susto, consiguió articular un leve "¿Puedo abrirlo?" con dificultad, a lo que el viejo respondió de nuevo con el mismo golpe seco del cayado sobre la fría losa del suelo de la biblioteca, que volvió a retumbar de nuevo por toda la sala.
El rostro del viejo era una impresionante colección de surcos, arrugas, hoyuelos, y alguna que otra cicatriz, que cada vez que miraba a alguien parecía como si cobraran vida y se reordenaran a la voluntad del viejo, de forma que la expresión que formaba su rostro junto a su penetrante mirada formaban claramente un lenguaje realmente fácil de entender.
Así le ocurrió al niño, no hizo falta ni una palabra para que supiera que la respuesta a su pregunta era negativa, aunque con la promesa de que algún día tendría permiso para ello.
Continuaron andando por los desiertos pasillos llenos de polvo, y el niño se fijo en unos recipientes encima de una mesa, perfectamente alineados unos con otros, y que en su parte superior tenían una especie de sello que los diferenciaba unos de otros. El niño lanzo una mirada inquisitiva a su acompañante, que condescendientemente le indico que podía acercarse e inspeccionarlos. El niño salio disparado hacia la mesa, mientras que el viejo con su paso tranquilo siguió el mismo camino. Mientras el anciano llegaba, el niño curioseo todos los recipientes, que disponían de una abertura para introducir algo pequeño. El niño miraba y miraba, sin atreverse a tocar nada, y cuando al final la curiosidad fue mayor que la cautela, dirigió una mirada inquisitiva al anciano, quien se acercó a la mesa, cogió uno de los recipientes y lo abrió, mostrando su interior al niño.
El niño introdujo la mano y extrajo uno de los papeles que contenía, perfectamente doblado para que se pudiera introducir por la abertura exterior. El niño lo desenvolvió para examinar su contenido, pero la mano del anciano se deposito tranquilamente sobre su hombro, mientras movía la cabeza a un lado y otro. Después señaló el símbolo que residía en la tapa y a su vez, con el cayado, señalaba un tapiz de la pared donde había muchos más de esos símbolos representados.
El niño rápidamente recordó a alguno de los visitantes portando esos símbolos, y no tardó en comprender que cualquiera podía dejar un papel en los recipientes, pero solo aquellos que portaran el símbolo que coincidiera con el sello del recipiente podrían examinar su interior, así que volvió a depositar el papel en su interior y cogió la tapa que el anciano le acercaba, para cerrar el recipiente y devolverlo a su posición.
Continuaron su paseo hasta que llegaron a una especie de atril donde descansaba un grueso volumen que, al contrario que la mayoría de tomos de la biblioteca, no tenia ni una mota de polvo. El volumen estaba abierto, y se apreciaba a simple vista tanto que era muy antiguo como que había sido usado frecuentemente. El anciano se acercó al libro, señaló una línea que contenía un nombre, y a su lado unas inscripciones a base de números y letras. El anciano insto al chico a que se acercara y uno a uno iba marcando cada letra y cada numero, a su vez que señalaba un pasillo... una estantería... una balda, y finalmente un volumen. Ahora el anciano le señaló otra línea del volumen y con un gesto, el chico entendió que debía encontrarlo.
Pasó un buen rato mientras el chico investigaba las inscripciones de pasillos y estanterías, mientras volvía de vez en cuando al enorme volumen que ya había deducido que era el índice de todos los volúmenes de la biblioteca, pero al final encontró el volumen al que hacia referencia la entrada que el anciano aún señalaba.
Con esta última parada, terminaron su paseo y el anciano guió al chico hacia las dependencias subterráneas donde se encontraban las salas de estancia de los bibliotecarios, y con un simple gesto el chico y el anciano se despidieron, correteando el chico de nuevo escaleras abajo, desapareciendo en la tenue oscuridad de los corredores subterráneos.
El anciano se quedo estático al pie de las escaleras, viendo como desaparecía el chico, y aun permaneció así un tiempo mas, absorto en sus pensamientos...
- Guarda bien estas enseñanzas, que tan solo acaban de empezar. - Susurró el anciano, ligeramente asustado por escuchar el sonido de su voz en el lugar sagrado al que había dedicado su vida... la Biblioteca de Derrich - Te esperan muchos años de servicio y de aprendizaje entre todos estos volúmenes de puro conocimiento... podrás saberlo todo, pero no podrás influir ni aconsejar… ni en como organizar un Gremio o como dirigirse al Consejo…, tan solo podrás proporcionar el acceso al conocimiento que cada cual haya buscado por si mismo. Nosotros estamos aquí para proporcionárselo... esa es nuestra función y nuestra vida: ser los guardianes del conocimiento y proporcionarlo a aquellos a quienes la búsqueda encamine sus pasos a esta biblioteca y así lo pida. - concluyó el anciano, visiblemente intranquilo y agitado mientras los ecos de su susurro aun resonaban por las amplias salas.
- Te queda mucho por aprender, hijo mío.
Y con esto encaminó sus pasos de nuevo a sus libros…